El gran mentiroso

por Servando González

A mi regreso de México abro un abultado sobre manila que me dio un amigo de la infancia. Contiene varias decenas de recortes periodísticos que tratan sobre el tema de Cuba, y el número de noviembre del 2002 de Letras Libres dedicado a "Futuros de Cuba". En él hallo un excelente artículo de Antonio Elorza, "Fidel Castro, el poder y su máscara", que leo con gran interés.

En su oportuno y necesario artículo, Elorza se centra en el análisis de la doblez, la mentira y la simulación en la conducta de Fidel Castro, a quien califica no sólo de "excelente embaucador", sino de haber sido quizás "el mejor demagogo del siglo XX". Sin embargo, a pesar de que existen innumerables pruebas, como las que aporta Elorza, de que Castro es un mentiroso contumaz, la mayoría de la gente -- y no me refiero tan sólo a sus admiradores, sino también a sus críticos -- aún se empeña en creer a pie juntillas las afirmaciones del tirano. Desafortunadamente, esa imagen prevalente de Castro, que Elorza se esfuerza en esclarecer, se basa en lo que éste dice. Pero si nos fijamos en lo que hace, descubrimos a un individuo muy diferente. Tomemos, por ejemplo, el tantas veces repetido mito del marxismo y el comunismo de Castro.


El "marxista" Fidel

La prueba esencial de la verdadera filiación ideológica de Fidel Castro, que aparece citada por casi todos los autores "serios" que han estudiado el tema, es la autoconfesión ofrecida por el propio Castro el 2 de diciembre de 1961 en un discurso en el que proclamó, después de varias horas de su cantinfleo típico cuando se empeña en explicar lo inexplicable, como, a pesar de que nunca fue miembro del Partido Socialista Popular (nombre del partido comunista cubano tradicional), de que los comunistas lo detestaban, y de que era un ignorante total en materia de teoría marxista, toda su vida había sido un marxista de corazón, y lo sería hasta el último instante de su vida.

La inesperada revelación tomó por sorpresa no sólo a los comunistas cubanos, sino a los soviéticos, quienes la recibieron con justificado excepticismo. Paradójicamente, fueron los anticastristas cubanos en la Florida quienes la acogieron con beneplácito.

Los anticastristas del exilio siempre han mantenido que Castro es un mentiroso compulsivo -- fue Mario Lazo quien le puso el mote de "el gran mentiroso"--, en lo que coinciden con la mayoría de quienes conocieron personalmente al tirano en sus años de juventud. De modo que, cuando Castro afirmó que Cuba era ahora el país más democrático del mundo, los exiliados anticastristas respondieron: "¡Mentira!". Cuando Castro dijo que había acabado con el analfabetismo, dijeron: "¡Miente!". Cuando Castro afirmó que en Cuba no había desempleo, clamaron: ¡Mentiroso!", y así por estilo. Pero, cuando un buen día el gran mentiroso afirmó que toda la vida había sido marxista y comunista, los anticastristas del exilio gritaron todos a una: "Vean: Dice la verdad. Es marxista. Es comunista."

En su desesperada urgencia por hallar un argumento que desacreditara al tirano, los anticastristas del exilio adoptaron sin reservas la definición castrista del castrismo. Implícitamente aceptaron las palabras del mentiroso en un área ideológica clave en la que nunca debieron haber aceptado sus ideas sin un previo análisis profundo. Sin proponérselo, de esa forma ayudaron no sólo a la legitimización del tirano, sino que contribuyeron a adjudicarle a la ideología marxista un papel cardinal que nunca había tenido en Latinoamérica. Un oficial de inteligencia habría analizado el fenómeno como un típico ejemplo de quienes son conquistados por la propaganda enemiga.

Sin embargo, un somero estudio del pensamiento y el comportamiento político de Fidel Castro indica claramente no sólo la carencia de los más elementales rudimentos de marxismo sino una gran influencia de los clásicos del fascismo -- hecho que detectaron hace muchos años Hugh Thomas, este autor, y el profesor de la Universidad de Berkeley A. James Gregor, quien calificó el castrismo de "variante tropical del fascismo". Ciertamente, no es marxismo, sino fascismo, la fuente de la famosa frase "la historia me absolverá", con la que Castro terminó su autodefensa en el juicio por el ataque al cuartel Moncada. No es marxismo, sino fascismo, las repetidas menciones de que "la jefatura es básica" que aparecen en sus escritos de la Sierra Maestra. No es marxismo, sino fascismo, lo que rezuma la teoría foquista que Castro le sopló al oído a Regis Debray.

Si Castro es marxista, tal vez lo sea de la tendencia Groucho. Lo que Fidel Castro siempre ha sido, es, y será hasta el último instante de su vida, es castrista de pura cepa. Sin embargo, si me viese obligado a definir ideológicamente a ese camaleón político que es Fidel Castro, y confieso que no es una tarea fácil, diría que es, valga la redundancia, un jesuíta renegado con con gran afinidad por las terorías fascistas. En realidad, su pasión por la mentira no es sino una característca más de su criptojesuitismo -- lo que la Compañía eufemísticamente llama "reservas mentales".

De modo que el tan cacareado marxismo y comunismo del tirano fascista caribeño no pasa de ser una entelequia concebida por el gran mentiroso para ocultar su verdadera ideología tras una cortina de humo. Hoy día, después de que en Cuba han reaparecido corregidos y aumentados los peores males y vicios del capitalismo desenfrenado, y el tirano se ha transformado en un clone de Batista, Duvalier, Trujillo y Somoza unidos en un monstruo Frankensteiniano, muy pocos todavía se atreven a hablar del comunismo y el marxismo de Castro -- aunque hay quien todavía habla sin sonrojo de "un estado más equitativo" en Cuba. Entonces, ¿por qué los "izquierdistas" y "progresistas" norteamericanos y latinoamericanos aún le profesan una particular admiración? ¿Cual es el último reducto de los fidelistas? Pues que, a pesar de todo, y dígase lo que se diga, Fidel Castro es el único líder latinoamericano que se ha parado firme frente al imperialismo norteamericano, no obstante más de cuarenta años de hostigaminto, agresiones e intentos de asesinato -- imagen que el propio Castro se ha esforzado en crear y mantener.

Pero, dada la larga historia de duplicidad demostrada por Castro, ¿no será esta imagen antinorteamericana otra de sus bien elaboradas mentiras? Veamos.


La CIA al rescate

Cuando Tad Szulc publicó su biografía de Castro en 1986, la afirmación de que la CIA le suministrado fondos cuando éste estaba en las montañas de la Sierra Maestra causó algún revuelo. Sin embargo, esto no fue una sorpresa para quienes habíamos leído el libro del ex-embajador norteamericano en Cuba Earl T. Smith, El cuarto piso, en el que narra con lujo de detalles como el jefe de la CIA en la embajada, así como casi todos sus oficiales, eran furibundos pro-castristas. También es sabido que el cónsul norteamericano en Santiago de Cuba, quien también era oficial de la CIA, se entrevistó con Castro en la Sierra en varias ocasiones y le suministró abundantes fondos. Fueron los oficiales de la CIA en la embajada norteamericana quienes pusieron en contacto a Castro con Herbert Matthews.

La entrevista de Matthews, aparecida en el New York Times, en la que describió a Castro como un Robin Hood caribeño, fue la que lo proyectó al ámbito internacional. Esto le abrió las puertas para más entrevistas en otros medios de prensa norteamericanos, las que modelaron su imagen de un héroe idealista en lucha contra un pérfido dictador. Sin pasar por alto los elementos de racismo subyacentes en esta imagen hollywoodense -- Batista era de baja estatura, piel oscura, y de origen muy humilde, en tanto que Castro era alto, blanco, e hijo de un terrateniente adinerado --, hay que recordar que pocos años después estalló un escándalo cuando se supo que la CIA controlaba los más importantes medios de difusión de los Estados Unidos, en particular el New York Times.

Una vez en el poder, la CIA comenzó a hostigar el régimen de Castro, pero siempre mostrando una ineptitud abismal -- que contrasta con la gran eficiencia demostrada en evitar que cubanos anticastristas, por la libre, asesinaran a Castro. Son de todos conocidos los alegatos de Castro de las innumerables veces que la CIA ha tratado de asesinarlo, lo cual ha sido corroborado por la CIA. El problema en aceptar tales afirmaciones es que esto no ha sido confirmado por terceras personas, y tanto Castro como la CIA presentan graves deficiencias en el area de ajustarse a la verdad.

A los pocos meses de haber tomado el poder, Castro inició un agresivo acercamiento a la Unión Soviética. Por su parte, los soviéticos, que pecaban de desconfiados, no recibieron con beneplácito los intentos de Fidel. Y, ¿quién vino al rescate? Pues la propia CIA, con la invasión de Bahía de Cochinos.

Antes de la invasión de Bahía de Cochinos, había en la Florida más de una docena de organizaciones anticastristas conspirando activamente para derrocar a Castro por la vía armada; varios grupos de guerrillas anticastrstas se habán hecho fuertes y controlaban casi todo el territorio de las montañas de el Escambray, en la región central de Cuba; y un vigoroso movimiento clandestino anticastrista en las ciudades tenía en jaque al gobierno de Castro, mediante resistencia cívica, huelgas y sabotaje.

Entonces la CIA, so pretexto de una mejor coordinación, consolidó bajo su control todas las organizaciones anticastrista de la Florida en una sóla, le cortó la ayuda que le habían venido brindando y abandonó a su suerte a las guerrillas en el Escambray, y dejó en el limbo al movimiento urbano sobre lo que planeaban. Entonces se llevó a cabo la invasión, con el resultado que todos conocemos.

De modo que la CIA primero consolidó todos los grupos anticastristas en uno sólo, y luego lo decapitó de un sólo golpe. Por su parte, Castro aprovechó la invasión como pretexto para desatar una violenta represión contra los grupos de resistencia urbana, y los eliminó por completo. Y, después que la CIA dejó de enviarles armas y municiones, Castro lanzó una gigantesca ofensiva militar contra los grupos guerrilleros del Escambray, que aniquiló poco después.

Lejos de ser una fracaso, la invasión de Bahía de Cochinos fue un rotundo éxito, pues logró con creces el objetivo secreto que se proponía, que era consolidar a Castro en el poder y dorarle la píldora a los soviéticos para que se lo tragaran. En un libro reciente, Sergei, el hijo de Nikita Jrushchov, cuenta como, inicialmente, su padre y otros líderes soviéticos tenían grandes sospechas de que Castro era un agente de la CIA. La victoria de Bahía de Cochinos fue el hecho decisivo que los convenció de la bona fides de Castro.


El agente provocador

Mucho se ha escrito sobre si Castro se lanzó en los brazos de Moscú a motu propio, o si fue Washington quien, con sus errores, lo impulsó en esa dirección. Un cable recientemente desclasificado, fechado el 29 de octubre de 1959, enviado a su país por el embajador británico en Washington, menciona las veladas amenazas de Castro de "adquirir aviones de combate detrás de la cortina de hierro" si Gran Bretaña no se los vende. Como siguiendo un bien ensayado guión de cine, el propio embajador, en otro cable fechado el 24 de noviembre de 1959, menciona los esfuezos de Allen Dulles (el director de la CIA), para evitar que Gran Bretaña le venda aviones de combate a Castro "y así los cubanos se vean forzados a adquirirlos en el bloque soviético". Esos cables secretos son prueba fehaciente de que el acercamiento de Castro a los soviéticos no fue el resultado de "errores" de la política norteamericana, sino de un plan cuidadosamente elaborado por los Estados Unidos cuyo objetivo era infiltrar a Castro en las filas del bloque soviético.

La razón de este plan es muy simple. Por esos años Jrushchov había lanzado su doctrina de "coexistencia pacífica", segun la cual la lucha entre el comunismo y el capitalismo debía continuar, pero fundamentalmente en el plano económico, no en el militar. Esto preocupó altamante al complejo militar-académico-industrial norteamericano. La doctrina de coexistencia pacífica era una amenaza directa al florecimiento de sus lucrativos negocios. El complejo militar-académico-industrial norteamericano, que los banqueros de Wall Street controlan, se nutre de guerras, revoluciones, conflictos de baja intensidad y terrorismo, pues esos son los que les permiten mantener al pueblo aterrorizado y así garantizar que el Congreso apruebe grandes sumas de dinero para invertir en la carrera armamentista. Y Jrushchov con su doctrina de la coexistencia pacífica, sin saberlo, les quería estropear su negocio. No en balde estaban preocupados.

Es significativo que, una vez que logró infiltrarse en el campo socialista, lo primero que hizo Castro fue emprender una lucha denodada en favor de la lucha armada y en contra de la coexistencia pacífica. Esto se evidenció claramente durante la Conferencia Tricontinental, la que Castro manipuló a su favor y convirtió en una derrota ideológica para los soviétivos. Me imagino que el mensaje del Che, instando a crear "dos, tres, muchos Vietnams", fue como música celestial para los oídos de los generales del Pentágono y los banqueros de Wall Street.

Después, Castro, con la complicidad tácita de los EE.UU, que se hizo de la vista gorda, se las arregló para arrastrar a los soviéticos en sus improductivas aventuras militares en África y, en menor medida, en Latinoamérica. ¿Cual ha sido el balance de cuatro décadas de intervención castrista en nuestro continente? Pues la desestabilización de muchos gobiernos democráticos, la destrucción de los partidos comunistas tradicionales, el fracaso de los movimientos guerrilleros en Latinoamérica y la destrucción de los grupos radicales, como loa Panteras Negras, los Macheteros y los Weatherman, en los Estados Unidos. Hoy por hoy, hay quienes han llegado a la conclusión de que Castro no sólo traicionó a Frank País, a Caamaño, al Che Guevara, a la comandante Ana María, a Cayetano Carpio, y a muchos otros cuya enumeración harían la lista interminable, sino que también desestabilizó el gobierno de Allende, y proveyó así a la CIA con el pretexto necesario para derrocarlo.

Más recientemente, en mayo del 2001, fiel a su papel de agente provocador al servicio de los intereses del complejo militar-académico-industrial y los banqueros de Wall Street, ahora altamente preocupados por la desaparición de la Unión Soviética, Castro dio un largo periplo en el que visitó varios países musulmanes de Asia y el Medio Oriente, donde incitó a los incautos a "derrocar al rey imperialista" quien, según él, ya estaba de rodillas.

La respuesta no se hizo esperar. El 11 de septiembre, en parte gracias a los buenos esfuerzos de Fidel Castro, los banqueros de Wall Street y los generales del Pentágono respiraron tranquilos después de haber hallado un excelente substituto para remplazar la desaparecida Unión Soviética. La llamada "guerra contra el terrorismo" promete ser aún más lucrativa que la Guerra Fría.


El gran mentiroso

Si prestamos atención a los hechos y no a las palabras, se evidencia que Fidel Castro ha sido una especie de sueño dorado concebido por los banqueros de Wall Street. Algún día, cuando aparezcan las piezas clave de este rompecabezas que es Fidel Castro, se escribirá la historia verdadera y el tirano caribeño sin duda pasará a ser el más pro-norteamericano de los presidentes cubanos; el mayor benefactor de los monopolios capitalistas que dice odiar.

Castro ha tenido tanto éxito en engañar a sus enemigos como a sus amigos. Haydée Santamaría, una de las dos mujeres que participó en el ataque al cuartel Moncada, descubrió tardíamente que Castro la había engañado, y simbólicamente se suicidó un 26 de julio, fecha de la conmemoración del ataque. El Che lo descubrió pocos días antes de su debacle en Bolivia, lo que se refleja en las últimas páginas de su diario. Y me aventuro a decir que la urgencia de la CIA por deshacerse del Che fue para evitar que éste hablase y llegara a conclusiones comprometedoras tanto para Castro como para la CIA.

Como el gato de Cheshire de Alicia, Fidel Castro, el gran mentiroso, se ha refugiado detrás de su sonrisa -- una sonrisa que al principio llamó humanismo, después socialismo, más tarde comunismo y que ahora se asemeja más al fascismo --, y la sonrisa ha borrado el gato que está detrás.

A estas alturas, y después de casi medio siglo de palabrería hueca en discursos que llenan decenas de volúmenes, aún no sabemos a ciencia cierta quién es realmente Fidel Castro. En tanto se descubre la verdad, y no me cabe la menor duda de que un día muy cercano la descubriremos, sólo hay algo de lo que podemos estar seguros: el gran mentiroso no es nada de lo que dice ser.


FIN


Servando González es el autor de Historia herética de la revolución fidelista, The Secret Fidel Castro: Deconstructing the Symbol, y The Nuclear Deception: Nikita Khrushchev and the Cuban Missile Crisis. Reside en California.


Éste y otros excelentes artículos del mismo AUTOR aparecen en la REVISTA GUARACABUYA con dirección electrónica de:

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