Una anécdota familiar

Por Hugo J. Byrne


“La historia… no ha de construírse con arreglo a las creencias parciales y sectarias de quien la escribe, sino como un reflejo leal de lo que el Universo dé de sí”.

José Martí, Caracas, 1882


En la tarde del día 21 de abril de 1898, zarpó de La Habana rumbo a Veracruz en la costa oriental de México, el vapor de matrícula francesa "Lafayette", mixto de carga y pasajeros. El destino hizo que ese fuera el último navío que zarpara del puerto de La Habana antes de que a las seis y treinta a.m. del día siguiente, la armada norteamericana al mando del Almirante William T. Sampson y siguiendo órdenes de Washington, impusiera un completo bloqueo naval de la Isla de Cuba. Bloqueo real, muy diferente al débil “embargo” comercial contra Castro, aunque la tiranía y sus amigos y cómplices lo llamen "bloqueo".

A esa embarcación pudo abordar en el último minuto y casi de milagro un fugitivo de las fuerzas represivas de la colonia. El conspirador que trataba afanosamente de abandonar la Isla era Juan Byrne Smith, quien afortunadamente había logrado burlar desde la ciudad de Matanzas hasta los muelles habaneros, el acoso de los agentes policiales de la Corona.

Don Juan, junto a un amigo médico de la misma localidad, el Dr. Lecuona, dirigía el suministro clandestino de municiones y otros abastecimientos a los insurrectos de la zona desde esa Capital de Provincia. Una semana antes, su enlace con los alzados, otro matancero llamado Juan García, había sido arrestado en las afueras de la ciudad. Al infeliz García le habían sido encautadas medicinas, municiones y documentos inculpatorios.

García fue apaleado y torturado sin misericordia por los esbirros de Madrid en el Castillo de San Severino, mazmorra colonial del siglo XVIII que más tarde fuera usada por los castristas para idéntico propósito. A diferencia de la resistencia sin límites de los héroes de ficción en las novelas y las películas de Hollywood, la resistencia humana sí tiene límites reales: García fue puesto en libertad por sus torturadores cuando al fin suministró alguna información, ante la imposibilidad física de poder resistir más la cruel tortura.

El infortunado patriota caminó desde el Castillo, en la zona alta al norte de Matanzas, hasta su humilde residencia en el barrio del Naranjal, localidad del viejo Cementerio Municipal de San Carlos, en el otro extremo de la ciudad. De acuerdo a la información suministrada por sus inconsolables esposa e hijas, García, orinaba sangre contínuamente y se retorcía de dolor.

El mártir matancero apenas alcanzó llegar a su casa para morir en su lecho a las pocas horas, pero antes de morir envió un mensaje urgente a sus compañeros conspiradores. Prevenidos del terrible peligro inminente, tanto Byrne como Lecuona tomaron acción inmediata.

Juan Byrne no volvería a ver durante meses a su esposa Rosario, ni a sus hijos Juan Daniel, Mario y Angélica, esta última entonces todavía una bebita. Bonifacio, primo hermano de Juan, había tenido que exiliarse en Tampa varios meses antes por escribir un soneto dedicado la memoria de su amigo Domingo Mujica, quien recientemente había sido fusilado en San Severino, convicto de encabezar un fallido levantamiento independentista.

El soneto de marras fue copiado, arriesgando la cabeza, por algún patriota en los portales del Ayuntamiento. Esto hizo imposible la permanencia de Bonifacio en Matanzas o en cualquier otro lugar de la Cuba colonial. Don Juan Byrne era mi abuelo paterno y encarnación por antonomasia de los esforzados y extraordinarios cubanos de su tiempo, a quien por desgracia no alcancé a conocer en persona.

Cuando oficialmente le fuera ofrecida una pensión vitalicia en reconocimiento de su labor patriótica, Don Juan la rechazó indignado: “Mi sacrificio fue para hacer a Cuba independiente de España y para que los cubanos pudiéramos disfrutar de una república. No lo hice para cobrar una pensión que mis compatriotas se vean obligados a sufragar. Ofrézcanle esa pensión a las hijas del pobre García.”

A la muerte de mis abuelos paternos a principios de los años treinta, no existían en Cuba (ni realmente en ningún otro lugar del Universo) seguros sociales ni pensiones a la vejez. Afortunadamente mis abuelos fueron en esa fase de sus vidas amparados por sus agradecidos hijos, quienes tuvieron éxito en construir junto a los demás compatriotas de su preclara generación, aquella sociedad nacional que apenas empezábamos a conocer.

Sociedad del ayer, a la que la gran mayoría de nosotros sólo llegamos a apreciar propiamente depués de su infortunada desparición. Sociedad cubana realmente extrordinaria esa de nuestros padres, que existía y progresaba por su propio aval y en base de méritos expontáneos, sin el apoyo del estado y en muchos órdenes humanos, a pesar de él.

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