Cuba reconoce que experimenta con SIDA en tiburones, pero los ecologistas, que protestan en USA y Europa hasta porque alguien moje un gato, callan sobre Cuba. Debo reconocer que en este caso, la periodista del Dallas Morning News, aunque precisa y mucho más profesional que el ecologista, tampoco tuvo el coraje de ir más allá de lo permitido en Cuba para no molestar.
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Fidel Castro y los ecologistas norteamericanos
(Cuarta Parte)

Por Carlos Wotzkow

A riesgo de resultar repetitivo, tengo que declararles que reanudo hoy mis críticas al movimiento ecologista internacional y muy en especial, en contra de la mala memoria de Ric O’Barry, quien ha demostrado además, tener un escaso sentido del olfato respecto a Cuba. Les hablaré por tanto, de otro ecologista norteamericano que visita Cuba para creer ciegamente las mentiras que le dicta el régimen, y de sus limitados esfuerzos para liberar algunos de los maltratados delfines cubanos que se encuentran ya lejos del país.

Mi relación con este tema empezó en 1979, en Cayo Largo del Sur, cuando pude observar con mis propios ojos como los caciques del régimen se divertían asesinando delfines con ametralladoras en aquel enclave natural. En principio, voy a profundizar aquí sobre lo que ya he dicho en textos anteriores, pero debo comenzar por repetir que la mayoría de estos ecologistas son un fraude.

Muchos ecologistas norteamericanos, incluso tanto o más que los europeos, no cejan de intentar convencer al público de que en Cuba gobierna un sistema que hace ideales los anhelos de sus sueños. En otras palabras, la Gaia natural se halla en el Caribe, al sur del paralelo 24. Esto, sin considerar a Jacques Cousteau, entre los « top-flight » ambientalistas de ese micro-mundo alucinante, y que es considerado por los que pudimos hablarle durante su visita a Cuba, como un verdadero apestado. A mí pregunta sobre el mal estado de los arrecifes cubanos, Cousteau me respondió en la pista del Aeropuerto José Martí, en aquel invierno de 1985, que “él no estaba en Cuba para interesarse por el estado de sus barreras coralinas, sino para ayudar a su amigo Fidel a recuperar la Base de Guantánamo”.

Con ello, Jacques Cousteau no sólo demostró ser un hombre extrañamente desubicado, sino tener además una impronta muy corrompida sobre el sentido educativo que debería conllevar su visita en aras de una mayor protección para el medio ambiente cubano. Pero Cousteau, diseminado en cenizas por el sucio mediterráneo que ni él mismo pudo proteger, no me preocupa más. ¿De verdad? ¿Ni siquiera aquella cruel matanza de tiburones que todos pudimos ver en “El mundo silencioso”? Ni siquiera. Mi preocupación es ahora y todavía, por los delfines cubanos. Esos a los que un ecologista como Ric O’Barry da la espalda para no buscarse líos con los oficiales del régimen cubano, o porque no es políticamente correcto criticar un sistema político al que aspira una poderosa minoría liberal en los Estados Unidos.

En un reciente artículo (carente de gusto y profesionalidad) publicado por el Dallas Morning News, la periodista Tracey Eaton indicó que el Sr. Ric O’Barry ponía “seriamente en dudas mis acusaciones sobre la experimentación biomédica con delfines en Cuba” (1). Tanto la Sra. Eaton como el Sr. O’Barry fueron inmediatamente contactados y a ambos ofrecí mi versión de los hechos. En una amable conversación (que en un inicio consideré sincera), el Sr. O’Barry me aseguró que “él jamás había puesto en duda mis palabras y que a estas alturas, no dudaba de nada que le dijeran de Cuba.” ¿Es que acaso usted cree en todo lo que lee?, - me preguntó. Entonces, no me importó en lo más mínimo que el Sr. O’Barry fuese considerado por sus propios ex-colegas como un rehabilitador de delfines empírico y poco profesional (2), yo, sinceramente le creí.

Al mismo tiempo, y en vistas de que el “Dallas Morning News” se retira de Cuba “por problemas de rentabilidad”, hice todo lo posible para facilitar a la Sra. Tracey Eaton nombres, datos, y hechos de los cuales fui testigo presencial mientras trabajaba y vivía en Cayo Largo del Sur. A ambos les hice saber sobre las matanzas de delfines con AK-47 en Cayo Largo, les indiqué el nombre de la persona que apretaba alegremente aquel gatillo, les pedí amigablemente que regresaran al acuario y preguntaran a García Frías por Rubén Torres, su amigo personal y guía de cacerías y expediciones marinas a todo lo largo de la Cayería de los Majaes. Tracey, al parecer más interesada en demostrar lo que Ric O’Barry le había afirmado, se limitó demostrarme con un e-mail que el “activista pro-delfines” parecía ser mucho más aliado del régimen de Castro, que de los maltratados delfines cubanos que decía proteger.

La respuesta gubernamental de Cuba, largamente retenida por este gendarme de las ciencias (hablo aquí de Guillermo García Frías) en lo más profundo de su arcaico cerebro, ha visto en las personas de Tracey Eaton y Ric O’Barry, un par de ingenuos con los cuales hacer invisibles los “fire-walls” que el régimen implanta en lóbulo frontal de todos sus funcionarios. Su defensa, en vez de darla en forma de respuesta clara, fue divulgada en forma de pregunta: “¿por qué tanta preocupación por los 20 delfines en Cuba si en USA hay 900 en cautiverio?” Y Tracey Eaton, que al parecer no quería dar por terminado su trabajo en Cuba sin sufrir un percance desagradable, no fue capaz de rechazar esa modesta cifra (3), ni tan siquiera preguntar ¿por qué Cuba, que es 201 veces más pequeña que Rusia, exporta casi el doble de delfines que ese país violador del tratado de Kyoto?

Para serles sincero, esa falta de preguntas (consideradas molestas por el régimen, e inoportunas por los que no quieren dañar su imagen) me recuerdan la entrevista que le hiciera Dan Rather al padre de Elian González (CBS, 60 minutes) y en la cual las preguntas no iban más allá de: ¿quieres a tu hijo, ¿has llorado por él?. O sea, preguntas donde las respuestas eran tan obvias que no merecían la entrevista. No voy a ensañarme aquí con la mala memoria demostrada por Ric O’Barry, pero es obvio que aprovecharé esta oportunidad para preguntar ¿cómo puede un ecologista tan encumbrado por la prensa dudar de las palabras de una persona que ha vivido 30 años en Cuba y luego decirle en privado lo contrario? Esta conducta es tan típica de la mayoría de esos ecologistas norteamericanos que no vale la pena someterla a discusión. Dios sabe que la razón caerá siempre lejos del campo infértil de esos ecologistas cuyas agendas políticas en Cuba están por encima de la protección de su naturaleza.

A la misma vez, vuela muy por debajo a los radares de mi dignidad el contestar los ataques personales emitidos desde el Acuario Nacional. Si uno piensa que la vicepresidente Dalia Montolio, la directora Guevara y el casi analfabeto Guillermo García Frías tuvieron tiempo para leerse uno de mis artículos, uno llega a la conclusión de que ellos se preocupan mucho por desmentir las “estupideces” que sobre Cuba yo escribo. Por consiguiente, voy a utilizar esta ocasión para aumentar mis denuncias contra la destrucción ambiental que se ejerce de manera institucional en mí país y lo hago, en vistas de que la prensa y los ecologistas norteamericanos que pueden visitar Cuba no aprovechan esa oportunidad para hacerlo. Poco parece importarles informar debidamente al pueblo de su país, pero ¡Dios perdone el sacrilegio de no retransmitir la propaganda castrista, o de ponerla en duda!

En un intento por esconder el engaño y el auto-engaño en el que los cubanos están obligados a vivir, Dalia Montolio dijo que sí, que en el acuario se experimentaba biomédicamente con tiburones. Pero decir que eso se hacía con los delfines es “una estupidez”. ¿Alguno de los lectores del artículo de Tracey Eaton se ha preguntado por qué? La desinformación que padecen los científicos cubanos es tan grande que poder leer, por ejemplo, al desaparecido Stephen Jay Gould, o al pseudo-científico marxista Richard Lewontin, se convierte en toda una revelación de “descubrimientos académicos” sólo admirados por los especialistas cubanos sin acceso a Internet. Todavía recuerdo como, a finales de los 80’s, nos maravillábamos en el Museo Nacional de Historia Natural, con las sandeces evolutivas que escribía aquel “Gorbachev del Darwinismo” (4).

O sea, confesar que se ha estado experimentando con SIDA en los “feos” y “agresivos” tiburones tal vez haga creíbles esas declaraciones que intentan negar el abuso al que cotidianamente se someten los delfines en Cuba. Por otra parte, es inaudito que periódicos como el Sun Sentinel publique como ciertas las declaraciones de esa misma científica cubana (me refiero ahora a Montolio y no a la hija del legendario asesino Ché Guevara), en las que asegura que cuando el caso de Meñique “otro acuario cubano había arreglado la transacción de los delfines a Chile sin nuestro conocimiento” (5). Es decir, sin que el cuartel general de ventas de fauna marina en que se ha convertido el Acuario Nacional de Cuba lo supiera. ¿Dónde estaba el capitán Guillermo García Frías para que se le escaparan esos dólares a su bolsillo? ¿Alguien es lo suficientemente ingenuo para creer la compungida historia de Montolio?

Pero Tracey, ¿Cuál fue ese acuario cubano que vendió a espaldas del Teniente Frías? ¿Por qué no le preguntaste eso a Dalia? ¿No te pareció una buena pregunta? Dalia Montolio tampoco da nombres al Sun Sentinel. En cambio, y sólo cuando uno empieza a preguntarse quién exactamente puede creerse estas declaraciones, es que entran en mi mente los reporteros y los ecologistas norteamericanos que tan amigablemente ayudan a los funcionarios cubanos a mentir. Y claro, aquí soy yo el que les puede mencionar un nombre, o si lo prefieren, más de una docena de ellos y declaraciones ridículas sobre la credibilidad de Cuba en el terreno de la conservación. Qué tal si recordamos a Richard Levins, el gurú de los macheteros puertorriqueños graduados en Harvard (6), o a Ralph C. Martin, el tonto defensor de la “Ecología Profunda” en Cuba (7), y que no pudo siquiera notar que Fidel Castro era su principal opositor?

Cuba es hoy por hoy el principal exportador de fauna en todo el Caribe. Durante años, el Sargento Frías exportaba en los buques “Camagüey” y “Luís Arcos Bergnes” todo tipo de animales por encargo de Fidel Castro. Estas ventas se efectuaban en la isla de Martinica, en otras islas de las Antillas Menores, y en cualquier puerto de la costa norte Sudamericana donde a García Frías le fuera permitido montar su candonga a la cubana. Y se los confieso, yo no iba de polizón en ninguno de esos barcos, pero conozco al primer oficial que en más de una ocasión tuvo que navegar las claras aguas del Caribe entre gallos de pelea y caballos de carrera exportados desde el palenque castrista. ¿Qué más exportaba el Cabo García Frías desde Cuba? ¿Serían únicamente los animalitos de sus latifundios privados los únicos ocupantes de aquellos barcos mercantes?

Ya por entonces (y hablo de principios de los años 80), se les proponía a los gringos en las oficinas del Ministerio de Transporte (antiguo feudo del susodicho militar “naturalista”) la exportación de flamingos a Puerto Rico o cualquier isla que quisiera comprarlos. ¿Estarían los científicos de la Smithsonian Institution al tanto del negocio? ¿Querrían los amigos independentistas de Richard Levins celebrar los carnavales boricuas comiendo croquetas de flamingo al estilo de Manzanillo y Caibarien? Yo no tengo una respuesta creíble para estas dos preguntas, pero a cambio, les aseguro que fui testigo presencial en una de estas conversaciones sobre el potencial económico de los flamingos camagüeyanos. Esta tuvo lugar en junio de 1983, en la oficina del comandante Universo Sánchez y el científico norteamericano al que se lo proponían, rechazó tajantemente aquel negocio. He ahí la clara diferencia entre un ecólogo y un ecologista.

Y no juguemos por favor con la deshonestidad de insinuar que yo, o cualquier científico cubano sinceramente preocupado por la naturaleza cubana, crea que la venta de todos los recursos naturales de nuestro país deba someterse a la terrible falacia de “de salvar las conquistas de la revolución.” El asunto importante a aclarar es este: ¿no está en el rango de las alternativas para salvar esa revolución el empezar por reconocer su intrínseca incapacidad como sistema sostenible? ¡Ah, si no fuera por el narcotráfico de Colombia y el petróleo antiecologista de Chávez! ¿Sabían ustedes que el uso indiscriminado de los combustibles fósiles sólo preocupa a los ecologistas cuando este tiene lugar en los países capitalistas? Les hablo de 85’000 barriles por día que Chávez le roba a Venezuela y que luego Castro re-exporta para su beneficio personal.

¿Tienen los cubanos, al cabo de 46 años, la posibilidad de comer carne, leche y vegetales frescos sin cometer delito? No, y por desgracia, ese es un tema mucho más complicado que saltar como “delfín alegre” en las aguas podridas de uno de esos acuarios terroristas de Cuba.

Acepto que mí debate interno sobre los bistés, el queso y la lechuga en la mesa del cubano no se adaptan al momento y por ende, volvamos al tema de los delfines, los tiburones y los experimentos “científicos”. Si aceptáramos sin remordimiento liberal que Cuba es hoy día un territorio controlado por nadie (ni siquiera la izquierdista Amnistía Internacional puede entrar allí), en el que abundan las circunstancias bajo las cuales cosas terribles pueden pasar (no hablemos ya de los miles de presos de conciencia), ¿podría esta información ayudar o ser útil? Sorprendentemente, muchos ecologistas y periodistas norteamericanos autorizados por Castro a visitar aquella isla cárcel me han demostrado que no. Después de decir públicamente que no creen en ninguna denuncia, ni en la guerra biológica, ni en ningún peligro nuclear, la mayoría divulga irresponsablemente que toda crítica a la Cuba de Castro se deben a una agenda política malintencionada desde el exilio.

¿Agenda política? ¿Exilio? Delimitando las circunstancias que conllevan a esa lectura de los hechos, a lo máximo un centenar de Freuds y otro tanto de Skinners serían necesarios para explicar cómo es posible que la intolerancia sea el pan de cada día de los científicos cubanos, los reporteros, y los ecologistas en Norteamérica. Es el auto-convencimiento, la ingenuidad, y el no querer buscarse problemas lo que da forma a sus declaraciones cuando de Cuba se trata. He escuchado críticas que me tildan de impreciso, pero esta es la primera vez en la que un ecologista se niega a sí mismo. Tracey Eaton me demostró que Ric O’Barry miente y que para hacerlo se escuda en su mala memoria. El ciertamente puso en dudas mis denuncias y luego, por teléfono (el jueves 11 de noviembre 2004), me aseguró que “él jamás habría dudado de esas acusaciones”. ¿No es todo un ejemplo de arbitrariedad ecologista?

Obviamente ninguna prensa liberal o grupo ambientalista norteamericano esta cerca de encontrar su “Holy Grail”. Mucho menos en lo que concierne a la profesionalidad y el respeto a sus contribuyentes económicos. En cambio, sí que han demostrado cuán lejos pueden llegar en lo que se refiere al discurso amoral y su agenda política. Ejemplo, mi artículo sobre los delfines ha arrancado a los científicos del régimen su confesión sobre la experimentación con SIDA en tiburones. Esta acusación, más allá del WWF, Greenpeace, y demás agencias pro-apocalípticas que protegen la imagen del régimen de Cuba, debería haber resultado una bomba en el mundo ecologista. Sin embargo, y contrario a los gritos que los amantes de los animales deberían estar dando, todos se han quedado callados. ¿Resultados positivos del artículo de Tracey? ¡Ninguno! Y lo juro, lo hubiera deseado a pesar de mi “falta de credibilidad”.

Desde que la prensa liberal nos ataca y duda de las denuncias del exilio. Desde que los ecologistas se preocupan un bledo por lo que ocurre en aquel “paraíso verde y revolucionario”. Desde que el autoengaño les permite ver en Cuba un ejemplo de protección medioambiental, debo confesarles que tengo serios problemas para analizar su honestidad de una manera objetiva. Mis ojos están cansados de leer siempre la misma propaganda y distorsión. Tracey Eaton, autora del artículo del Dallas Morning News, va a ser la primera persona en poder leer este texto. Ric O’Barry por su parte, recibirá igualmente una copia en inglés tan pronto esté lista. Ambos quedan formalmente invitados a debatirlo con sus amigos científicos en Cuba. Quizás la verdad pueda salir a la superficie desde las mismas entrañas de la censura y pesar de nuestras opuestas posiciones.

Pronóstico de antemano que García Frías va a ignorar esta invitación. Los funcionarios que todavía creen en aquel sistema y los que no, apenas estamos convencidos de una sola cosa: todos estamos muy mal informados. Allá en Cuba los encargados de cuidar la fauna están convencidos de que vender delfines al por mayor es lo correcto. Yo, de que ellos tan siquiera pueden contabilizar en su totalidad el daño que sus jefes nos están causando. Los cubanos estamos a punto de recordar a los Hutus y a los Tutsis. Después que Castro muera, sólo será cuestión de meses antes de que empiece la masacre. Esta vez no serán delfines, ni mucho menos tiburones. ¡Pobres cubanos víctimas del castrismo, sólo se alegrarán los ecologistas y el espíritu fascista de su fallecido líder francés Jacques Cousteau!


Carlos Wotzkow
Bienne, Noviembre 14, 2004

Nota: No creo que tenga que decirles lo que arriesga políticamente un norteamericano liberal como Ric O’Barry al apoyar en parte el embargo comercial contra Cuba. Por tanto, reconozco su valentía respecto al tema (8-9) y quedo listo para la colaboración, en tanto él de fe, públicamente, de un mayor respeto por mis vivencias y preocupaciones.

(1) Eaton, Tracey (2004): Dolphin trade draws spotlight on Cuba. Dallas Morning News. The Boston Globe. October 31, 2004.

(2) Godefroid, Yves (2004): Ric O’ Barry: un criminal?. www.dauphinlibre.be/ric.htm.

(3) Sun Sentinel (2004): Marine Atractions bellow the surface. Cuba. Acuario Nacional, 8 delfines; Delfinario Varadero, 11 delfines; Delfinario Cienfuegos, 5 delfines, Acuarios de Santiago y Holguin, no data available.

(4) Johnson, Phillip E. (1998): The Gorbachev of Darwinism. First Things. January, 14-16.

(5) Kestin, Sally (2004): Park Life: Part 3 - Park Business. Captive marine animals can net big profits for exhibitors. Sun Sentinel. May 18, 2004.

(6) Wotzkow, Carlos, Eudel Cerero y Luis Roberto Hernández (2004) Castro y los ecologistas norteamericanos. Primera Parte. Fundación Argentina de Ecología Científica. FAEC. Febrero 26, 2004.

(7) Wotzkow, Carlos y Eudel Cepero (2004) Castro y los ecologistas norteamericanos. Tercera Parte. Fundación Argentina de Ecología Científica. FAEC. Marzo 13, 2004.

(8) Sherman, Charles D. (2004): US probes Cuban dolphin deals. The Miami Herald. February 17, 2002.

(9) Sherman, Charles D. (2004): Victory in the Caribbean: Doctor fined $ 70’000 for buying Cuban dolphins. One Voice. www.dolphinproject.org. August 24, 2004


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